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Contrapunto Group, Carrera 24 # 63C - 28, Oficina 501, Bogotá Colombia
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Mientras los titulares nacionales suelen enfocar la lupa en el ruido del conflicto o los incumplimientos, en las veredas del país ocurre una revolución silenciosa: más de 11.500 personas, de las 14.150 que dejaron las armas, hoy continúan en su tránsito hacia la vida civil, no con discursos, sino trabajando la tierra, capacitándose y construyendo empresa.
La primera fase de la campaña Mirémonos de cerca, impulsada por la Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), pone sobre la mesa una realidad tan evidente como invisibilizada: el proceso de reincorporación no se sostiene en el papel, sino en la sostenibilidad territorial y humana. Apoyar los emprendimientos agrícolas, turísticos y artesanales de las y los firmantes de Paz no es un acto de caridad ni de simpatía política; es consolidar una economía basada en la confianza.
Persistir en mirar a los firmantes únicamente a través del prisma de lo que fueron es perpetuar un ciclo que frena el progreso del país. El pasado exige memoria, responsabilidad y verdad, pero también exige ser sanado y perdonado para permitir la transición hacia formas de vida más dignas. Si nos quedamos atrapados en la repetición de una narrativa única, en el mito o en el sesgo, nunca podremos construir la confianza que nos hace falta para convivir. Los prejuicios crean barreras invisibles que no solo exponen la vida del firmante, sino que destruyen las oportunidades, la estabilidad y el futuro de comunidades enteras que decidieron apostarle colectivamente a la transformación territorial. Reconocer a las personas por lo que son hoy, en el presente, es el único camino para abrir oportunidades reales en los territorios.
A lo largo de los últimos años, iniciativas comunitarias en regiones como el Catatumbo, Honda, Chaparral e Icononzo han demostrado que la reincorporación es un esfuerzo cotidiano. Cuando un colectivo produce café de alta calidad, teje prendas artesanales o impulsa proyectos agropecuarios, está generando empleo e inyectando vitalidad a economías locales históricamente marginadas.
Existe el mito infundado de que respaldar estos emprendimientos equivale a apoyar la violencia o validar ideas armadas. La realidad comprobable es opuesta: cada negocio legal que se consolida y cada producto que llega al mercado le resta espacio a la ilegalidad, fortalece la economía del territorio y demuestra el compromiso real de quienes decidieron cambiar su historia.
Es cierto que la desconfianza acumulable durante décadas de conflicto armado no desaparece de la noche a la mañana y que persisten profundas heridas en la sociedad. Sería ingenuo ignorar los temores legítimos de sectores que miran el proceso con prudencia. Sin embargo, mantener la integración económica y social bajo una sospecha permanente crea un dilema destructivo. ¿De qué sirve exigir el fin definitivo de la violencia si cerramos la puerta a las vías legales de subsistencia de quienes han cumplido su compromiso?.
La estigmatización margina, mientras que la inclusión civil y económica genera corresponsabilidad.
No existe otra forma de acabar con el conflicto si no decidimos actuar activamente para edificar un presente más consciente y pacífico. La confianza se construye cuando dejamos de juzgar desde la distancia y reconocemos el esfuerzo diario de quienes sostienen la reincorporación en el campo. Si nos negamos a ver el valor del trabajo presente, quedaremos condenados a repetir indefinidamente las narrativas que nos dividen.
¿Cómo pretendemos hacer parte de la construcción y consolidación de una paz si no nos atrevemos a habitar el presente? ¿Cómo avanzar como sociedad si nos sentimos ajenos a la solución y elegimos no apoyar a quienes, día a día desde hace casi diez años, trabajan por ella en los territorios?
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