Las Poderosas: Una invitación a transformar las dinámicas de trabajo en el audiovisual

Publicado por Contrapunto Group
06 Octubre, 2026 Tiempo de lectura: 11 min

Hablar de equidad de género en la televisión exige transformar la trastienda de la producción audiovisual, exponer los sesgos en los equipos de rodaje es el primer paso para reconocer las barreras invisibles y transformar la cultura laboral de la industria.

«Mamita, no haga eso, que usted toda bonita y delicada se me desportilla y me la cobran por nueva». Una frase, escuchada entre luces y cables pesados en un set de grabación, que refleja el prejuicio cotidiano que han tenido que encarar las mujeres en la industria audiovisual. Cuando la serie de televisión pública Las Poderosas de Canal Capital le da el micrófono a Ana María Garzón —una talentosa gaffer que lidera equipos de iluminación entre cargamentos de alta potencia y diseño de atmósferas—, la pantalla no solo hace pedagogía sobre el machismo, sino que pone al descubierto las barreras invisibles que persisten en la trastienda del cine y la televisión nacional.

El lanzamiento de Las Poderosas (Canal Capital), conducida por la actriz Sofía Arrieta y el periodista Nicolás Samper, representa un hito no solo por su pedagogía audiovisual sobre feminismo, violencias y estereotipos de género, sino por encender un reflector sobre la infraestructura laboral del gremio. A partir de conversaciones con expertas e historias de profesionales técnicas (below-the-line), la producción evidencia que la equidad en el sector no se resuelve con la inclusión simbólica o la simple «cuota de género». Superar la discriminación exige un cambio estructural en los rodajes: desmantelar el mansplaining y el prejuicio sobre la capacidad física o técnica de las mujeres, reconociendo su mérito profesional en todas las áreas de la producción.

La trastienda invisibilizada: el sesgo en los «oficios below-the-line»

Históricamente, el trabajo femenino en el audiovisual colombiano fue encasillado en la producción ejecutiva o de campo bajo la premisa de que las mujeres «sabían administrar» o cuidar los detalles, así como en departamentos estéticos asociados a roles tradicionales como el maquillaje, el vestuario o el script. Por el contrario, los cargos de fuerza física, manejo de equipos pesados y alta especialización técnica —tales como la dirección de fotografía, la ingeniería de sonido, la maquinaria y la iluminación— se configuraron como bastiones masculinizados donde la presencia femenina era vista como una excepción o una molestia.

El testimonio de Ana María Garzón en Las Poderosas expone con claridad este sesgo. Las trabajadoras técnicas no solo deben cumplir con las exigencias extremas de jornadas prolongadas y presión de rodaje, sino que se ven sometidas al desgaste adicional de tener que «demostrar doblemente» su conocimiento para ganar el respeto de sus cuadrillas. Se trata de una discriminación que proviene tanto de hombres como de mujeres socializados en una cultura patriarcal, en la que se asume que un hombre siempre desempeñará mejor un rol técnico.

De la «cuota de género» al mérito profesional: el rol de las colectivas

Frente a estas barreras, el surgimiento de colectivas y redes de trabajo como Rec Sisters o Mujer es Audiovisual ha sido determinante para articular la denuncia y promover transformaciones reales en los sets. Como señala Paula Murcia, integrante de Rec Sisters en la serie, el objetivo no es recibir concesiones o ser contratadas para rellenar un porcentaje administrativo. Ninguna profesional busca ser la «cuota de género» de una producción; lo que se exige es que las contrataciones se basen en la evaluación rigurosa de las hojas de vida, la experiencia y el talento específico en cada área.

Este cambio de paradigma implica erradicar prácticas naturalizadas en los entornos de trabajo, como el mansplaining o la «macho explicación», una conducta en la que se minimiza, interrumpe o invalida la voz y la autoridad técnica de las mujeres en las decisiones de rodaje. Asimismo, supone desarmar los estereotipos que encasillan a las directoras de fotografía únicamente en historias de «sensibilidad maternal» o intimista, abriendo paso a que lideren proyectos de acción, documental o ficción de gran escala a partir de su capacidad profesional.

Reconocer el camino recorrido sin caer en la complacencia

Sería injusto ignorar que el audiovisual colombiano cuenta con una herencia fundamental trazada por pioneras y realizadoras que abrieron grietas en un gremio históricamente cerrado. Desde las primeras experiencias de producción registradas en la primera mitad del siglo XX, pasando por la labor crítica de colectivos como Cine-Mujer en los años 70, hasta la impronta de cineastas como Marta Rodríguez, Camila Loboguerrero, Libia Stella Gómez o Cristina Gallego, la mirada femenina ha demostrado su potencia narrativa y su capacidad para transformar las leyes e instituciones del sector.

Sin embargo, la presencia de nombres destacados en las cabezas de dirección o producción general no debe invisibilizar las inequidades persistentes en la base de la pirámide laboral. Las brechas salariales, el acoso laboral no denunciado y la falta de garantías en los equipos técnicos demuestran que el camino hacia una industria equitativa aún está en construcción.

Un compromiso que empieza en cada rodaje

La televisión pública y proyectos como Las Poderosas aportan una contribución crucial al llevar estas discusiones fuera del nicho especializado y convertirlas en materia de debate ciudadano. Al final, la calidad artística y técnica de una producción no tiene género, pero las condiciones en las que se trabaja y se crea sí dependen de decisiones éticas y gremiales cotidianas.

¿Cómo pretendemos construir una sociedad más justa si toleramos que los espacios donde se crean nuestras narrativas sigan reproduciendo la discriminación y el silencio? ¿Estamos dispuestos, como productores, directores y audiencias, a valorar el talento de las mujeres por su mérito profesional y no por estereotipos del pasado? El objetivo está en la voluntad de transformar cada set de grabación en un espacio de respeto, dignidad e igualdad real.

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